NUECES Y MIEL
Llorando yo en una esquina cualquiera de la calle
Sagasta, vi a un tipo corriente con aires de espectro.
No me miró, pero sé que me vio con deseo en
alguno de esos momentos insignificantes que te marcan algún cierto
recuerdo efímero.
Volví a caminar. El Puente de Hierro estaba
cerca.
Y, aunque mis ropas desarraigadas y arremangadas
no me protegían del frío otoñal, yo era feliz.
A medida que iba caminando calle abajo, notaba la
humedad del Ebro sobre mi cabeza. Mis pelos encrespados me daban un
aspecto cada vez más degradante. Pero no era tiempo de lamentarse.
El espectro me miraba desde la puerta principal
del Casino, pero ya no había deseo en su mirada, en sus pupilas
color malva, y yo, decepcionada, me vi envuelta en un aura de
incomprensión hacia mi persona.
De pronto, el hombre me miró, pero yo no quería
que sus pupilas color malva volvieran a decirme algo subjetivo. Por
lo tanto, seguí bajando, pues debía llegar al puente. Cuanto antes,
mejor.
De poco me sirvió llegar al puente, pues aún faltaba mucho hasta
llegar a ese dichoso punto en el que se podían divisar las focas
marinas reflejadas en las verdosas y fangosas aguas del Ebro.
Cuando ya pude divisar aquella sublime obra
arquitectónica que se mezclaba con la descuidada, y casi salvaje,
naturaleza, y que hoy se convertía, como cada día, en un cagadero de
cigüeñas; un movimiento instintivo y el crujir de una baldosa me
obligaron a mirar hacia atrás.
Tras de mí.
Detrás de mí.
Allí estaba el atractivo espectro, fijando sus
terribles pupilas malvas en mi mirada tórrida y lasciva que, poco a
poco, fue convirtiéndose en una mirada de súplica, pidiendo
compasión.
Yo debía seguir mi camino pero él no me dejaba.
Su mirada malva no me lo permitía.
Las cigüeñas no saben volar a estas horas de la
tarde. Anochece.
Intenté retroceder pero no pude. Él seguía
mirándome.
¡Maldita sea! ¿No ves que debo seguir mi
camino?
¿Por qué deseas llegar a ese punto del
puente?
Perpleja, me pregunté cómo era posible que aquel
hombre supiese cuál era mi destino elegido.
Porque sí. A ver qué dices ahora, "malveño"
maquiavélico, maniquí de sonrisas perversas en el escaparate de
los sueños lascivos de mi corazón.
Los latidos de mi corazón latían apresurados,
señalándome que ya había llegado el momento.
Pero yo no podía continuar. Mis pies iban tomando
forma, formando parte de las baldosas del puente.
Un calor abrasador me inundaba todo el cuerpo.
Sentía que me ahogaba y suspiraba profundamente. No podía emitir
ningún vocablo, palabra o sonido coherente.
Miraba con ojos suplicantes a aquel atractivo
espectro de pupilas malvas, pero él no me ofrecía ayuda.
Los botones de mi blusa pedían ser desabrochados
apresuradamente, y yo no podía negarles esa tentadora proposición.
Con mis pechos descubiertos, y sin poder moverme
de allí, rogué a aquel fuego intenso de color malva, que centelleaba
en los ojos del espectro, que me dejara marchar.
De repente, logré despegar mis pies del suelo
pero, torpe de mí, tropecé con una baldosa y fui a caer a sus pies.
Sus amarillos zapatos me hicieron daño en los
ojos, así que los cerré y recorrí a tientas sus piernas con mis
labios.
Sus rodillas me dieron el elixir del deseo que me
faltaba para continuar.
Mis pezones se pusieron duros de repente y el
aire otoñal, con la bruma húmeda que despedía el Ebro, penetraba las
telas de mis desarraigadas ropas, provocando un calor intenso en mi
entrepierna.
Seguía subiendo mi boca por sus piernas mientras
mis ojos, cerrados, eran testigos de una cálida humedad agradecida
por el aire.
Mis manos estaban firmes y obedientes. No
temblaban, no sufrían. Las llagas que me provocó la caída parecían
curadas, y el tacto suave de sus pantalones me invitaba a tocarlos
con las manos. A acariciar cada recoveco, a fruncir las telas, a
arañarlos sin compasión, a desgarrarlos.
Lo salvaje nunca fue santo de mi devoción, pero
en ese momento no pensaba en nada.
Me moría de ganas por meter su polla en mi boca y
saborear, sin pensar en nada más, el gusto de su piel. Su piel,
tersa y firme, que desprendía un aroma intenso de nueces y miel.
Sabía que, como Jean Baptiste, aquel hombre
también debía saber muy bien.
A nueces y miel.
Pero el canibalismo no era de muy buen agrado
para mi gusto...
Una vez la tuve dentro de mi boca, puede
comprobar complacida que mis suposiciones eran ciertas.
Mi lengua enviaba a mis glándulas salivares aquel
delicioso manjar de nueces y miel. Y yo, aún con los ojos cerrados,
soñaba con barcos de vela que chocaban entre sí dentro de un mar de
aguas turbulentas.
Mientras mis pechos, descubiertos, eran invadidos
por un frío del que yo no era consciente, y los coches hacían sonar
estrepitosamente sus patéticas bocinas.
Dentro de mi boca se encontraba el sabor más
delicioso que había probado en mi vida, y por mis labios resbalaba
un denso hilo de saliva que delataba mi profundo disfrute.
Pero él hacía nada. Se mantenía quieto, sin decir
nada. Ni siquiera un leve jadeo; nada.
Yo me esforzaba por darle placer pero parecía no
conseguirlo. Eso me frustraba, me dolía. No era posible que yo
disfrutara más. Aquello, que sólo era un sabor para mí, para él
tenía que ser un placer intenso. Siempre fue así.
Me despegué, frustrada, de mi dulce capricho y
abrí los ojos, dirigiendo mi mirada hacia sus pupilas malvas.
Debía tener una imagen muy graciosa: de rodillas,
con el pecho descubierto, el pelo encrespado y mis labios chorreando
saliva; mirándole suplicante como una niña desvalida. Él me miraba.
Me miraba con deseo pero no me decía nada. Y eso me crispaba.
Deseaba ser parte del suelo y convertirme en
baldosas para que la gente no dejara de pisotearme. Eso es lo que
realmente merecía, por tonta e infantil.
De pronto reaccionó, se agachó y me miró.
Estábamos los dos a la misma altura, cerquita del suelo.
Deseaba probar todo su cuerpo, encontrar el sabor
en cada recoveco de sus costuras, de los poros de su piel. Pero
aprendí que los chicos solían repudiar los besos. Por eso me
contuve.
Pero él no se pudo contener.
Lamiendo suavemente la saliva que resbalaba por
mis labios, provocándome unas cosquillas graciosas y adorables, me
invitó a besarle como nunca antes había besado, a probar el dulce de
nueces y miel en sus labios.
Pero yo debía irme, debía seguir mi camino. Yo no
debía estar allí.
Así que me despegué de aquella dulce sensualidad
y dirigí mis pasos hacia mi destino sin intención de volver mi vista
hacia atrás.
Caminé por aquel puente que parecía eterno y
llegué a aquel punto en el que se podían divisar las focas marinas
reflejadas en las verdosas y fangosas aguas del Ebro.
Supe que era allí porque alguien me había
dibujado una marioneta en una baldosa, a modo de señal.
Pero, antes de mirar al río, alguien me detuvo.
Sus manos fuertes me asieron por la cintura y me
volvieron hacia él. Cerré los ojos y, al abrirlos, me encontré con
aquella mirada de pupilas malvas.
Él bien sabía lo que yo pretendía hacer esa
tarde.
Aquella última tarde.
Pero sus palabras me detuvieron. Sus palabras, su
sabor.
Él me mostró que yo era especial.
Antes de hacerlo, déjame besarte por última
vez. Quiero disfrutar de tu sabor a dulce canela con melocotón.
Fruncí el ceño y me olí la piel de mi mano
derecha. Efectivamente, olía a canela y melocotón. Pero una vez
aprendí que los chicos tienden a hacer creer a las tías que son
especiales.
Así que me derrumbé. Quizá todo era mentira y yo
debía volver al agua.
Sólo soy una ondina enamorada.
Como no podía hacer otra cosa y me sentía perdida
y con una frustración contundente, me dispuse a huir, a correr hacia
un lugar indeterminado. Tenía miedo, pero no sabía bien por qué.
Yo había llegado allí para terminar con todo. Mi
fin estaba ahí y yo deseaba con todas mis fuerzas aquel final.
Pero no me atreví. De pronto, me apeteció vivir.
Las baldosas se contorneaban cuando yo pasaba
sobre ellas, y el dolor de mis manos se intensificaba por el frío.
Intenté taparme el pecho, pero mis ropas estaban
muy rotas y se me escapaban los pezones.
Aquel maldito olor a melocotón y canela me
acompañaba en una angustia irremediable. Deseaba deshacerme de aquel
olor para olvidar aquellas sensaciones que me hizo sentir aquel
desconocido, pero el único método infalible para ello era la muerte.
Corrí incesantemente, en busca de un lugar, pero
qué lugar...
Al otro lado del puente todo es muy deprimente.
El único lugar que se me ocurría como agradable
era el cementerio.
Al llegar, me senté sobre una lápida y doblé las
rodillas para hundir mi cabeza entre ellas después. Las lagrimas que
me acompañaban al principio se habían secado, y mis ojos estaban
fríos, como si ambos fueran dos cubitos de hielo dentro de mis
cavidades oculares.
La hierba, verde y seca, carente de vida o
alimentada de muerte.
Abono natural para una hierba innecesaria.
Niñas haciendo la ouija me miraban asustadas.
Quizá me vieran como un espectro solitario. Un espectro suicida.
Condenada a vivir eternamente.
Los escarabajos correteaban sobre las flores
putrefactas que componían lo que, hacía unas semanas, seguramente
hubiera sido un bonito centro funerario.
Los escarabajos se amontonaban, unos sobre otros,
se golpeaban, se caían, y el contacto de sus patas sobre las flores
secas, producía un suave crujido insoportable.
Las niñas continuaban con su apacible
entretenimiento, expectantes a la moneda que se movía sobre el
tablero. Se las veía asustadas, temblando... Haciendo preguntas
absurdas a un espíritu en paro que no tenía otra cosa mejor que
hacer que responder a las preguntas banales de un grupito de púberes
seudo-góticas, deseosas de parecer siniestras.
La lápida estaba fría y mis muslos ya estaban
empezando a resentirse. Miré hacia atrás para ver sobre quién estaba
sentada.
Allí no había ángeles, ni vírgenes, ni siquiera
una foto del fallecido. Sólo había una oxidada cruz y una
inscripción cuya fecha databa del año mil novecientos veintiocho.
Su nombre era Kilian. Me enamoré al instante de
aquel nombre. Era precioso y yo nunca lo había oído. Kilian, Kilian,
Kilian...
Aquel nombre se repetía sin cesar en mi mente,
dando vueltas sin cesar, como los escarabajos que correteaban sobre
aquellas flores secas.
Intenté imaginármelo; alto, atractivo, en la
España de los años veinte, educado y frío. Pero, cuando más cerca
estaba de recrear su rostro, me venían a la mente las pupilas malvas
y el aroma a nueces y miel.
Hacía poco que había estado con él, pero ya no
recordaba a la perfección su rostro. Sin embargo, ahí seguían
vigentes sus pupilas malvas y su olor.
Me recosté en la lápida y miré a aquellas
estrellas. El cielo se veía eterno y las estrellas, infinitas,
centelleaban graciosas en lo alto. Parecía mentira que aquellas
simpáticas bolitas naranjas fuesen gigantes bolas de fuego sin
destino, sin camino, si vida.
La lluvia comenzó a caer desconsoladamente y las
niñas de la ouija se fueron corriendo sin tan siquiera cerrar la
sesión.
Yo, supersticiosa de mí, me asusté notablemente,
ya que el espíritu seguía en la moneda.
Mi curiosidad, enfermizamente desmesurada, me
obligó a acercarme al tablero.
La lluvia provocaba en mi cuerpo un cubrimiento
de gotas frías que me helaban aún más.
Corrí hacia el tablero sin pensar si debía
hacerlo o no, simplemente me acerqué allí porque tenía curiosidad.
Curiosidad por saber de Kilian. Quién había sido
Kilian, por qué murió. Por qué murió a los veinte años...
Debo reconocer que estaba aterrada y que la
lluvia ya se me hacía impertinente, pero la curiosidad es algo que
nunca suele darse por vencido.
Puse el dedo índice sobre aquella moneda, cerré
los ojos y pregunté "¿Sigues ahí?". Efectivamente, la moneda fue
deslizándose lentamente sobre el tablero, señalando una "s" y una
"i". Sí.
Cada vez me veía más patética y, poco a poco,
iban apareciendo en mi mente diferentes momentos de mi vida que me
mostraban absurda y deprimente, que me indicaban que aquella tarde
debí haberme suicidado, pues mi vida no servía para nada. Sólo era
una inútil.
Y comencé a llorar, como cuando salí de casa.
Lloré.
Al cerrar los ojos veía aquellas pupilas malvas
mirándome con deseo, haciéndome sentir especial...
Una vez más por instinto, me giré con la
esperanza de volver a verle.
Debo confesar que di gracias a Dios porque él
estuviera allí, mirándome de nuevo, desprendiendo aquel
inconfundible olor a nueces y miel.
Me volví loca, loca por besarle y mezclar
melocotón con miel. Loca por tocarle, por lamerle.
Estoy aquí.- Dijo – Estoy aquí. Para
probarte, para amarte, para sentirte... Estoy aquí para
salvarte. Sólo por y para ti, Juana.
Me abalance a su cuello, con ansias de amarle y
ser amada. Me abracé a él, ciega de pasión...
Y, en los cuellos de su camisa, una pequeña
inscripción que decía: Kilian.
Adoración Nocturna
Explicación onírica de "Nueces y miel"
Lágrimas: Indica que debe tomarse una
decisión firme sobre la vida y arrancar de ella lo que no sea
imprescindible para seguir adelante sin lastres que dificulten
llegar a las metas que se han trazado.
Calle: El camino es emblema de
destino. Luego representa el curso de los propósitos esenciales,
las convicciones, las grandes ambiciones...
Escrito está que sólo el destino es camino
fijo, inmutable. Es lo que significa actualmente el Karma,
término sánscrito que significa hacer y que encierra un gran
conjunto de consideraciones éticas y religiosas del hinduismo,
el jainismo y del budismo. Su enfoque del gran camino es tan
preciso que de la India, del Tíbet y del sudeste asiático ha
llegado en los últimos cien años a Occidente para enriquecer su
concepto de vía, logrando que mucha gente encontrara sentido a
diversos sueños en los que veía a una persona del sexo opuesto y
supiera que era otra forma o personalidad inexplicablemente
suya.
Puente: Necesidad de pasar de una a otro dimensión o
etapa de la vida.
Ropa: Vestir con andrajos presagia desprecio en un futuro
próximo.
Bajar: Bajar en sueños alude a
descensos en lo mental y moral. A veces se refiere incluso a lo
orgánico, para aludir a la enfermedad o a la tristeza. La bajada
suele ser dentro de uno mismo, necesitado de ahondar en la
propia realidad o buscando refugio. Abajo está lo secreto, lo
que ni siquiera quien sueña sabe de sí. Ahí sin duda están las
realidades sexuales y la verdad sobre los propios sentimientos.
Ahí se hallan también los temores y las pasiones no reconocidas
o disimuladas.
Pelo: En la cabeza de la doncella, la
cabellera ha de ser larga y lisa, como la torre misma en que el
dragón la mantiene prisionera, pero si la doncella consiguiera
escapar de la torre y perdiera su inocencia hasta convertirse en
una prostituta, entonces su cabellera sería igual de larga y
potente, pero hirsuta y muy vibrante y ondulada
à encrespada, como consecuencia de
haber perdido las energías solar y espiritual y, en su lugar,
haberse encontrado la terrestre, un elemento más tangible,
físico y material.
Malva (violeta): Se considera que es el
tercero de los colores de la perfección, después del
blanco y el dorado, y que posee vibraciones
excepcionales.
Río: Seguir el camino del río por un
margen, mediante navegación o cruzarlo mediante un puente,
significa que se ha de hacer algo más que dejarse llevar por la
vida.
Cigüeña (ave): Es una figura
arquetípica que no es tan considerada por su posesión de alas
como por su capacidad para tocar mínimamente la tierra. Por
supuesto, se trata de una valoración que no pertenece al plano
de la conciencia, pero que se halla en mayor o menor medida en
el lado oculto del ser humano, por lo que el suelo significa.
Soñar con aves es precisamente señal de que se anhela el vuelo
de la propia alma, lo cual, si no es debidamente canalizado en
actividades consideradas elevadas, se traducirá en una condición
melancólica.
Amarillo: Es común en los sonantes
dados a la crítica ácida, al derrotismo, al sentimiento de
inferioridad y la sexualidad posesiva.
Hierba: Entraña una llamada de la
naturaleza. Es posible que quien sueña haya dejado de sentirse
parte de cuanto existe y se encuentre en la asfixia que causa un
yo desmedido y aislado. Esto origina una especie de desconcierto
o embriaguez que da a quien la padece una aparente seguridad en
sí mismo y en cuanto hace, pero los resultados siempre son
deprimentes, hasta el extremo de dar la impresión de ser
consecuencia de una mala suerte sistemática.
Pierna: El muslo indica al que dirige,
y verse con la pierna dolida (mis muslos empezaron a
resentirse) alude al temor de verse más o menos reducido en
cualquier orden de la vida.
Insectos: Expresan el agobio causado
por el acoso de problemas menores que adquieren mayor relevancia
debido a su número o tenacidad (cada vez me veía más patética
y, poco a poco, iban apareciendo en mi mente diferentes momentos
de mi vida que me mostraban absurda y deprimente, que me
indicaban que aquella tarde debí hacerme suicidado, pues mi vida
no servía para nada). Los hay asociados a la idea de asco
(cucarachas, escarabajos...) y expresan nuestro rechazo a
nuestra más baja realidad. Se les asocia con el resentimiento y
el autoengaño, el fracaso.